Simplemente no se deja someter. Alguien al otro lado del muro de la igualdad podría reducirlo a tres palabras cortas: ¡no se deja! Y quién sabe cuándo se enfadó con el mundo por primera vez. ¿Cuándo fue la primera vez que algo la hizo rechazar la aceptación de su rol asignado? Tal vez la típica Barbie, o peor, el juego de ollas de plástico con el pollo de plástico y la fruta de plástico. “¡Así aprendes a cocinar!”, le habían sonreído. “¡Al pollo con eso!”, respondió ella sonriendo. O cuando una compañera de escuela le sonrió y ella sintió miedo. ¡Porque las reglas de la belleza siempre las pone alguien más! O cuando todo el universo empezó a mirarla con desconfianza porque su vientre no se inflaba. Primero la sospecha. Luego la compasión reservada para quienes no son aptos para el servicio. Como los que se quedaban en casa. Lejos de una guerra. No aptos para el servicio. Restos. Fueron dados de baja con honores. Tuvieron tres hijos maravillosos. Elena Ketra, que aprieta sus pequeños puños de niña, simplemente no se dejaba someter.
Y entonces imagina una narrativa alternativa donde cada mujer puede ser. Cualquier cosa. Excepto una ofrenda sacrificial. No hay lágrimas aquí. No hay víctimas. No existe el teorema de la debilidad femenina. No hay compromisos ni negociaciones. Yo soy. Punto. Y en la historia, la literatura, el arte, el cine, los cómics, la ciencia y en todas partes, entre vastos campos ya ocupados por los “correctos”, descubre y estudia las historias de quienes simplemente no fueron admitidas. Las primeras que, en cierto momento, tiraron el guion y dijeron otra frase, no la que les habían asignado, sino una cosa suya. Primero. Historias infinitas, famosas como la de Madame Curie o fantásticas como Venus, ¡el único robot femenino que defiende la Tierra de ataques alienígenas!