En la obra de Basso, a pesar de su indudable originalidad, no es difícil leer los signos de una profunda reflexión sobre el pasado artístico, particularmente italiano.
En la precisión del trazo—siempre conciso y nunca exuberante—se percibe a contraluz el rigor del Renacimiento, mientras que en las atmósferas silenciosas y los protagonistas aislados, es fácil reconocer la actitud meditativa y solipsista de la Metafísica, aunque más próxima a la esencialidad de Morandi que a la nostalgia clasicista de De Chirico.
Una actitud meditativa seguida de un hacer discreto, filtrado a través de las estrechas mallas de la contemporaneidad, esa misma contemporaneidad de la que el artista se siente parte, percibiéndola con intensidad pero sin dogmatismo, interpretable a nivel gnoseológico pero no necesariamente operativo.
Así, Basso prefiere la candidez de un medio antiguo e inesperado, como el bordado, a la seducción de los medios tecnológicos y los lenguajes más actuales. Un medio no precisamente “à la page” en la era virtual, evocador de un hacer lento y silencioso, tenaz y paciente, de tradiciones antiguas y atmósferas domésticas, que en la Italia del siglo XX tuvo solo dos grandes exponentes: Alighiero Boetti y Maria Lai.